Este llamamiento es una iniciativa del Instituto de Investigaciones en Cambio Climático y Desarrollo Sostenible de la Universidad de Cartagena, que invitó a investigadores de Brasil, Bolivia y Perú a enriquecerlo con sus conocimientos y experiencias. Juntos ponemos a consideración de Su Santidad la gravedad de la contaminación por mercurio asociada con la minería del oro en la Amazonía.
Actuar es urgente. Los tiempos de la naturaleza no esperan a las instituciones. Mientras las decisiones tardan en convertirse en acciones, la deforestación avanza, los ríos reciben nuevas cargas de contaminantes y numerosas comunidades continúan expuestas. Cada demora amplía el daño y reduce la capacidad de recuperación.
La crisis compromete la salud, la alimentación, los derechos y la continuidad cultural de quienes habitan la cuenca.
Sus consecuencias recaen de forma desproporcionada sobre los pueblos indígenas y las comunidades ribereñas, especialmente sobre las mujeres gestantes y los niños.
El mercurio utilizado y liberado durante la extracción del oro contamina el aire, los suelos y las aguas.
Posteriormente puede transformarse en metilmercurio, acumularse en los organismos y alcanzar concentraciones mayores a través de las cadenas alimentarias hasta llegar a las poblaciones que dependen del pescado. Este contaminante viaja por los ríos, atraviesa fronteras y alcanza a familias que nunca participaron en esa actividad.
La exposición puede persistir tras el cese de la minería y afectar el desarrollo neurológico desde antes del nacimiento. Esta problemática también conecta la Amazonía con el actual escenario de guerras, incertidumbre económica y disputas geopolíticas. En estos períodos, el oro adquiere mayor importancia como reserva de valor y activo financiero.
El aumento de su demanda intensifica la presión extractiva sobre territorios vulnerables y revela una contradicción moral: mientras el oro ofrece seguridad a inversionistas y mercados, su extracción puede dejar contaminación, enfermedad, violencia y destrucción en los lugares de origen.
Compradores, refinerías y demás actores de la cadena internacional deben prevenir y atender estos impactos según su participación y capacidad de decisión.
En esta audiencia presentamos evidencia científica que exige decisiones concretas. Queremos escuchar a los pueblos afectados y contribuir al diálogo con la Iglesia.
Reconocemos su compromiso con el cuidado de la casa común y la dignidad humana, expresado en Laudato si’ y Querida Amazonia. Su autoridad moral y cercanía pastoral pueden ayudar a sostener la atención internacional y favorecer una respuesta duradera.
Respetuosamente, pedimos a Su Santidad que emita una declaración sobre las implicaciones humanas, ambientales y éticas del mercurio liberado por la minería del oro.
Este pronunciamiento permitiría reafirmar que ningún beneficio económico justifica la destrucción de los ríos, el deterioro de la salud o la pérdida de una cultura.
También solicitamos que Su Santidad exhorte a los Estados Parte del Convenio de Minamata a acelerar el cumplimiento de sus compromisos mediante acciones verificables para reducir y eliminar el uso de mercurio en la minería aurífera. La respuesta debe atender la contaminación ya existente, garantizar vigilancia y atención sanitaria continuas, proteger a quienes defienden los territorios, controlar el comercio transfronterizo de mercurio y exigir trazabilidad del oro.
Debe promover opciones de pescado menos contaminado que preserven la nutrición y la cultura alimentaria de las poblaciones expuestas.
Finalmente, proponemos que la Iglesia impulse un encuentro internacional para coordinar estas acciones. Este espacio reuniría a los países amazónicos, representantes indígenas, científicos, organizaciones eclesiales y civiles, organismos multilaterales, refinerías y entidades financieras.
El diálogo permitiría acordar una hoja de ruta amazónica hacia 2030, estableciendo metas verificables, plazos, responsables y seguimiento público, con participación decisiva de las comunidades.
La cooperación podría apoyar la creación de laboratorios amazónicos para estudiar y conservar la biodiversidad, junto con alternativas económicas compatibles con el bosque.
Dios, en su santa sabiduría, creó la biodiversidad amazónica, un banco de genomas, materiales y procesos naturales cuyo conocimiento y aprovechamiento responsable pueden aportar soluciones para nuestra salud y bienestar. Cada especie que desaparece cierra posibilidades que quizá nunca lleguemos a conocer. Santo Padre, le pedimos que acompañe a los pueblos amazónicos y convoque al mundo a protegerlos y a custodiar sus ríos y bosques como un tesoro de toda la humanidad.