“El tiempo y sus combinaciones: los años y los muertos y las sílabas, cuentos distintos de la misma cuenta. Espiral de los ecos, el poema es aire que se esculpe y se disipa, fugaz alegoría de los nombres verdaderos. A veces la página respira: los enjambres de signos, las repúblicas errantes de sonidos y sentidos, en rotación magnética se enlazan y dispersan sobre el papel. Estoy en donde estuve: voy detrás del murmullo, pasos dentro de mí, oídos con los ojos, el murmullo es mental, yo soy mis pasos, oigo las voces que yo pienso, las voces que me piensan al pensarlas. Soy la sombra que arrojan mis palabras”.
Así, desde sus primeras líneas, Paz nos introduce a su universo: un tiempo que no se mide en relojes ni calendarios, un espacio que se despliega en la palabra, donde cada sílaba se convierte en acto, en presencia, en memoria.
En Pasado en claro, Paz recuerda el ayer con la pureza de lo vivido: un tiempo vestido de blanco, inocente, limpio y silente. Sus palabras claman, evocan, pronuncian lo que fue, dándole nombre y cuerpo a la memoria. “Lo que no tiene nombre no existe. Lo que fue siempre estará”, parece decirnos, recordándonos que incluso los momentos de felicidad fugaz contienen la esencia de lo que somos.
“Óyeme como quien oye llover, ni atenta ni distraída, pasos leves, llovizna, agua que es aire, aire que es tiempo”.
El tiempo en Paz no es lineal: es horizontal, circular, un flujo constante que vincula el pasado, el presente y la contemplación de la existencia. Sus poemas son propuestas, reflexiones que nos obligan a descifrar la realidad a través de la palabra, reconociéndola como un instrumento vivo, casi lúdico, que nunca deja de resonar.
“Lo poético es poesía en estado amorfo; el poema es creación, poesía erguida”.
No se trata solo de belleza: se trata de mirar el mundo con los ojos de la palabra. “No predecir: decir. Mundo suspendido en la sombra, mundo mondo, pulido como hueso, decir es mondadura, poda del árbol de los muertos”. La palabra es revelación, golpe, delicadeza y grito. En la poesía de Paz, la palabra se convierte en los ojos del poeta, y el poema, en un campo donde se confrontan la realidad y el pensamiento:
“Dales la vuelta, cógelas del rabo (chillen, putas), azótalas, dales azúcar en la boca a las rejegas, ínflalas globos, pínchalas, sórbelas sangres y tuétanos, sécalas, cápalas, písalas, gallo galante, tuérceles el gaznate, cocinero, desplúmalas, destrípalas, toro, buey, arrástralas, hazlas, poeta, haz que se traguen todas sus palabras”.
Decir antes que predecir: ese es el imperativo de Paz. Las palabras son seres autónomos, caprichosos, que se atraen, se repelen y se corresponden. El ritmo de su poesía sube y baja, fluye y refluye, y obliga al lector a acompañarlo en esa exploración intensa del mundo.
“El lenguaje, como el universo, es un mundo de llamadas y respuestas; flujo y reflujo, unión y separación, inspiración y espiración. Unas palabras se atraen, otras se repelen y todas se corresponden”.
El tiempo y el espacio son fundamentales. Tiempo para describir la acción más inmediata; espacio para que esas acciones respiren, para que cada gesto poético tenga luz propia. “Quieto, no en la rama, en el aire, no en el aire, en el instante, el colibrí”. Ese instante, inspirado en un ave, es a la vez realidad y metáfora, quietud y movimiento, presencia y memoria.
La poesía de Paz es circular: vuelve al punto de partida, pero con otros cuerpos, otros ritmos, otros ecos. “El tiempo no está fuera de nosotros, ni es algo que pasa frente a nuestros ojos como las manecillas del reloj: nosotros somos el tiempo y no son los años sino nosotros los que pasamos”. Tiempo y ritmo siguen destinos distintos, pero se reencuentran para confirmar que la poesía cambia con el tiempo, pero solo para regresar, intacta, al inicio.
Paz fue un poeta del pensamiento antes que de la emoción. En El laberinto de la soledad, analiza México, su mestizaje, su historia y sus máscaras. Describe un país de dualidades constantes: entre vida y muerte, alegría y tristeza, pertenencia y desarraigo. Su mirada es crítica, profunda, universal.
El pasado martes 31 de marzo se cumplieron 112 años de su nacimiento y el próximo 19 de abril se cumplirán 28 años de su muerte. Los poetas no mueren; permanecen encantados, quietos, inertes, pero siempre presentes en la memoria y la palabra. En palabras de Fernando Pessoa: “El poeta es un fingidor; finge tan completamente que llega a fingir el dolor, el dolor que él de veras siente”.
Octavio Paz, aun muerto, sigue fingiendo su ausencia, y su poesía continúa enseñándonos a vivir dentro del instante, a escuchar el murmullo de la existencia, y a descubrir el mundo a través de la palabra.